Virginia Woolf (1882 – 1941)

Virginia Woolf es algo como muy serio. Serio de verdad. Me acerco a ella en un aparente sin sentido a través de un texto (y posterior adaptación cinematográfica) que no es suyo: Las Horas, premio Pulitzer de Michael Cunningham en 1999. Cunningham escribe una oda de amor hacia Virginia: hacia ella como persona, como escritora y como influencia en vidas (y mujeres) venideras. Es una novela escrita con ese modernismo literario  que cultivó Virginia. El flujo de conciencia de sus personajes (pionera de esto junto a James Joyce que lo llevó al extremo más absoluto en el Ulises) fue usado en todas sus novelas. Cunningham en Las Horas lo recupera hasta el punto de que podría pasar por una novela de la escritora si no fuera por el cambio cultural y social evidente de una al otro.

Las horas trata un día en la vida de tres mujeres de tres épocas diferentes. Virginia Woolf luchando y planteándose la enfermedad mental que la acompañó toda su vida mientras empieza a escribir Mrs Dalloway (1925), su obra más reconocida. En el film de Stephen Daldry (2002) este papel lo interpreta Nicole Kidman, con el que consiguió su primer Oscar (aquí el vídeo donde es muy maja, llora mucho y le da un incómodo pico a Denzel Washington). La siguiente mujer que conocemos es un ama de casa americana tras la Segunda Guerra Mundial. En ese ambiente tan del American Way of Life, tan de mujeres perdidas en urbanizaciones perfectas donde las vecinas se regalan tartas con las que ocultar su desidia diaria. La señora Brown (Julianne Moore en la adaptación) sólo es capaz de escapar de su banal existencia gracias a la lectura, a Mrs. Dalloway en concreto el día de la narración. La última mujer de la novela es una Mrs Dalloway moderna. Clarissa Vaughn va a organizar una fiesta y piensa en su vida, su presente y su pasado sin ningún tipo de filtro, como si de verdad fuese su pensamiento, como lo que hacía Virginia tan requetebién. En la película está interpretada por Meryl Streep que ya sin sorpresas hace un papelón.

Ya he dicho que Virginia Woolf pasó toda su vida con un trastorno mental, que ahora conocemos como trastorno bipolar, pero que su época se conocía como “está muy loca y no sabemos muy bien por qué”. Su marido Leonard Woolf, que era más majo que las pesetas, la sacaba de Londres y la llevaba al campo cada vez que le daba un brote para que pudiera descansar, relajarse y despejarse para seguir escribiendo (y viviendo en general). Hasta que no pudo más y terminó suicidándose dejándole una carta demasiado dura y bonita a su marido. Pero para carta de amor loco nos tenemos que quedar con Orlando (1928). Virginia Woolf vivió durante muchos años de su vida una relación lésbica con Vita Sackville-West, amiga que junto a su pareja formaba parte del grupo artístico e intelectual Bloomsbury al que pertenecían Virginia y su marido. En este grupo se juntaron altas personalidades de  diferentes artes y disciplinas unidos por una idea común del mundo y del momento exacto londinense que les tocó vivir. Su rasgo común más reconocible fue el rechazo que les causaba la clase media alta a la que todos pertenecían que estaría presente en toda la bibliografía de nuestra escritora. En este grupo conoció a Vita y estuvo con ella durante los años 20. Periodo en el que escribió Orlando, libro sobre el cual la hija de Vita diría que era “la carta de amor más larga y encantadora de la historia de la literatura”. Orlando recorre la vida de una persona durante 500 años. Sí, esta persona existe durante esos 500 años y de una manera igual de irreal y transmitido con la misma normalidad, Orlando, el chico con el que empezamos la historia se despierta un día mujer. Lo que le permite a Virginia Woolf tratar el largo y denso tema de las diferencias de género y cómo un hombre se enfrenta a la vida de manera diferente a como lo hace una mujer desde el punto de vista de alguien que ha vivido, disfrutado y analizado los dos. Este libro tiene una adaptación de Sally Potter bastante acertada para la complejidad del tema que trata, que ganó a mejor película en el Festival de  Sitges en 1993. La protagonista es la andrógina Tilda Swinton por lo que ella misma interpreta los dos géneros y lo transmite como algo perfectamente normal.

No hay muchas más adaptaciones de Virginia Woolf básicamente por dos motivos. Primero, porque no tiene muchas más novelas, ya que se suicidó bastante joven. Y segundo, ese flujo de conciencia que utilizaba derivó en sus últimos libros a transmitir sólo pensamientos de una forma bastante densa para que se puedan sacar situaciones susceptibles para la pantalla. Ejemplo de ello es Al faro (1927), que trata sobre los recuerdos de su niñez, cuando iba de vacaciones a la costa. Lo que comprenderéis es difícil de pasar al audiovisual.

Lo que sí se podría comentar es la película ¿Quién teme a Virginia Woolf? (Mike Nichols, 1966), basada en una obra de teatro de Edward Albee de 1962 cuya relación con la escritora es simplemente llevar su nombre en el título. En la obra se refiere a una broma académica que vendría a significar “¿Quién teme vivir la vida sin falsas ilusiones?”. En la historia los protagonistas se cantan este refrán una y otra vez mientras se destrozan la vida. Aunque tenga poco que ver con la escritora es una cosa muy importante de ver, donde Elizabeth Taylor (la de los ojos morados) se sale de manera salvaje.

Para terminar, Bonus Track personal. Virginia escribió un ensayo muy importante para el movimiento femenino de los años 60 y 70: Una habitación propia (1929). En él hablaba de las dificultades de ser escritora para una mujer, si no tenía marido o dinero previo y se quería dedicar a esto. Básicamente decía que “una mujer debe tener dinero y una habitación propia para poder dedicarse a escribir”. Con este texto abrió camino y todas las escritoras posteriores se han apoyado en él y en ella como figura a seguir. Pero si se trata demasiado este punto se puede caer en considerar a Virginia buena escritora para ser mujer o siendo mujer, o de la manera que quieras ligar la palabra mujer y el sexo al acto de escribir. Y eso está muy bien pues en ese momento no había casi escritoras (no es que ahora estemos para tirar cohetes), pero se debe considerar buena escritora en general, dejando de lado el sexo. Son textos maravillosamente bien escritos independientemente del género responsable de ellos.

Aida

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