Efecto boomerang

      Julia se sentía tremendamente aburrida en casa. La aldea a la que recientemente se había mudado le parecía tan pequeña como insulsa: no encontraba secretos oscuros de la gente con los que poder mofarse junto las tres arpías que también adoraban este deporte insano. Hacía poco más de una semana que había estado en casa de la panadera insultando sutilmente a su hijo y después de creerse triunfadora y tras el tiempo transcurrido, seguía sintiéndose tan vacía como antes de su gran victoria. Se preguntaba continuamente qué le pasaba, hasta el punto de pensar que odiaba ese lugar, y a esa gente, pero lo único que le rondaba la cabeza era la imagen de su marido, la persona por la que había dejado todo para empezar una vida con la que había soñado desde que era niña. Tener una casa, un equipo de fútbol por familia, dedicarse al menage y agradar a su esposo a base de bizcochos edulcorados que acabarían por adherirse a sus propias cartucheras. Sí, el modelo a seguir en la España profunda del siglo veintiuno no distaba ni lo más mínimo del modelo vigente en algunos siglos atrás, pero fingir ser feliz era el segundo deporte más practicado, no con éxito…

      Cada mañana al despertar la depresión invadía todos sus poros, ni siquiera el abrazo que su primogénita le propiciaba como señal de que el colegio estaba a punto de empezar podía animarla porque ese abrazo era el mismo que el del día anterior, y el anterior, y el anterior y estaba segura de que el siguiente sería otro igual, porque cuando un acto, una palabra, un gesto se repite con tanta insistencia llega a perder su significado.

      Aquella mañana se levantó antes de lo normal, angustiada para no volver a vivir la película infinita que nunca acababa pero sólo le sirvió para mantener la mente en vigía y seguir dándole vueltas a ese rostro tan familiar que se había tornado el de un extraño. El sexo cambió, a peor, y aunque tenía muy asumido que con el paso del tiempo éste deviene de baja calidad se repetía una y otra vez que un año y dos meses desde que se conocieron no era tiempo suficiente para que la chispa desapareciera. Entonces recordó el día en el que el objeto de mofa de sus compañeras de deporte era ella, y ciertos rumores que le aseguraban el puesto de tapadera. Una tapadera a un secreto escondido a voces en un pueblo en el que todos sabían cuándo cagaba el vecino de enfrente. Empezó a plantearse si esas habladurías debían seguir siendo designadas por esa palabra o si realmente la falta de erección de su marido no se debía tanto al cansancio con el que llegaba del trabajo como a la ausencia de pene en su morfología femenina.

      Se echó a llorar, desconsolada, casi sin poder respirar, porque todo lo que había soñado de pequeña, su gran cuento de hadas se había transformado en su peor pesadilla, en la que se sentía un útero con patas carente de amor y en el que la princesa rosa era sustituida por un príncipe, de color salmón y veintidós centímetros de placer.

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9 comentarios en “Efecto boomerang

  1. que emicionante y a la vez triste relato el pensar que como tu protagonista hay tantas y tantas mujeres que se dec¡dican a amar y solo encuentran indiferencia. me ha encantado, por favor no dejes de regalarme estos momentos. Gracias por eleguirme a mi para leer estos relatos

  2. Que relato más desolador… Lo peor de todo es que, como pasa siempre, la realidad supera a la ficción y esto sea, para muchas mujeres aun hoy en día, el pan nuestro de cada día. Me imaginaba, tras leer Dulce despedida, que me iba a encontrar textos como este en tu blog. Me ha encantado sin ninguna duda.

    ¡Un saludo muy grande y nos leemos!

  3. Enhorabuena, tus textos no solamente son orden coherente y perfección, sino también pura expresividad, y retratan todos tus valores; son arte creado a través de un puñado de letras combinadas para expresar nítidamente lo más humano que hay en ti. Me quito el sombrero.

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