La existencia de Dios

Esta entrada va dedicada a Amélie Nothomb, mi escritora favorita por diversas razones que ya os contaré en una de mis entradas que dedicaré exclusivamente a ella.

Aquí os traigo un relato corto escrito por ella pero que nunca ha sido publicado en español y que aunque no es de lo mejor que ha escrito, me ha parecido curioso traducirlo para vosotros.

¡Espero que lo disfrutéis!

Víctor.

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Llegó el momento de organizar un referéndum para decidir democráticamente si Dios existía. La idea divirtió a los participantes; se rieron menos cuando descubrieron que no se trataba de una idea, sino de un proyecto en marcha. Había que reconocer que los argumentos de los políticos no eran malos: ya nos habíamos matado demasiado por esta historia de Dios.

A fin de cuentas, nadie sabría nunca si Él existía o no.

– En realidad, da igual -decía Richter, el iniciador del referéndum.

– Da igual, da igual… ¡Hay muchos motivos! -replicaron los representantes. ¡De su existencia depende la salvación de nuestra alma!

– Admitámoslo. Una de dos, digamos que sí existe, y nuestro proyecto, que tiene como objetivo la paz entre los hombres, sólo puede complacerle y por consiguiente contribuir a la salvación de vuestra alma. Ahora supongamos que no existe, en cuyo caso nuestras habladurías sólo tendrían consecuencias administrativas.

– ¡Después de la apuesta de Pascal, la apuesta de Richter! ¡Creíamos que usted era más místico, por favor!

– Soy místico.

– No lo parece.

– Un místico que no se preocupe por el destino de su prójimo, ¿le parecería más convincente?

– ¡Por eso lo de hacer el sondeo sobre la cuestión de la existencia de Dios! Si no, señores puristas, ¿qué otra solución entrevéis a la crisis sin precedente que somete a nuestro planeta a fuego y sangre?

Los representantes no vieron ninguna. Pasaron pues a la fase siguiente. Richter mantenía que el proyecto debía ser a nivel mundial; de no serlo, no tendría ningún interés.

– Está soñando, amigo mío. ¡Propóngalo a los islamistas y ya verá! O mejor dicho, no lo verá, porque estará muerto.

– Pero precisamente por eso he tenido esta idea, para que nuestro planeta no se convierta en una gran Argelia.

– Ya lo sabemos, pero tenemos que mantenernos en los límites de lo posible. Es mejor proceder de forma gradual. Empecemos a pequeña escala, Francia, por ejemplo.

– ¿Y por qué no Liechtenstein, ya que usted está allí? -se indignó Richter. Nunca llegaremos a una conclusión, si procedemos con tal lentitud. Además, acabamos de elegir un nuevo presidente, si invitamos a nuestros compatriotas a votar a favor o en contra de Dios dos meses después de las presidenciales podemos imaginar la clase de sarcasmo francés que tendremos.

– ¿La francofonía entonces?

– No, no hay que escoger un criterio lingüístico, las lenguas también son religiones. ¡Vayamos por Europa! Es una buena base de trabajo, ni muy uniforme ni muy contrastada.

– Pero no hay tantas diferencias religiosas entre los europeos.

– Conozco irlandeses que podrían contradecirle. Además, la novedad de nuestro proyecto es que la oposición no se realizará entre tenientes de tal o cuál religión; el único criterio que tendrá será la existencia de Dios. La cuestión es de tal envergadura que borrará milenios de disputas sangrientas sobre las herejías, la Reforma, las sectas, etc. Por fin un verdadero cimiento para una humanidad que, hasta ahora, se había perdido en los detalles del fenómeno religioso, descuidando lo esencial. Desde Malraux, no dejamos de proclamar que el siglo veintiuno será o religioso o ateo. Ahora bien, ya estamos en 1995 y, aparte del islamismo, no veo nada que justifique esta profecía. Si la política no interviene, estamos condenados al estancamiento.

– ¡Un referéndum europeo sobre la existencia de Dios! Eres un crío. Richter, el día en que los europeos se preocupen por otras cosas que no sean las cuotas lácteas, las ranas tendrán pelo.

– ¡Démosles la oportunidad de que se preocupen por otras cosas! ¿Quién sabe? Quizá de nuestra propuesta surja una dimensión nueva que Europa necesita, la grandeza, por ejemplo. Por primera vez, Europa podría ser el faro de los demás continentes.

Afligidos, los representantes se preguntaron cómo este joven iluminado pudo haber obtenido un puesto tan importante:

– ¿Con quién se ha acostado para llegar aquí?

– Según mi información, con Dios.

– ¿Dios enchufa a la gente?

– La pregunta formará parte del sondeo.

Aunque se trató de una frase sarcástica, los subcomisionados redactores se pusieron a escribir. La formulación de los cuestionarios dio lugar a debates tan agitados como los del concilio de Trento. Los subcomisionados decretaron que era necesario bajar el tono, que preguntar a la gente directamente si estaban a favor o en contra de la existencia de Dios sería demasiado abrupto. Aseguraban que el común de los mortales era incapaz de tener la mínima opinión sobre un tema parecido. Procederían pues por un interrogatorio prolongado, al final del cuál estarían en condiciones de inducir si la población necesitaba que Dios existiera. Ciertas preguntas se formularon de forma absurda.

Ejemplo: ¿Está de acuerdo con la siguiente frase: podemos sanar durante un peregrinaje a Lourdes?

– ¡Ridículo! -exclamó Richter.

– ¿Qué le reprocha a nuestra pregunta?

– Me pongo en lugar del encuestado. Supongo que si respondo que sí, me clasificará entre los que creen en los milagros, lo que sería forzar mi pensamiento. Pero responder que no también implicaría atribuir a Lourdes un poder sobrenatural, negativo esta vez pues no podemos ser sanados si vamos a Lourdes. Sin embargo, nada me impide recibir un tratamiento en el momento del peregrinaje. Además, ¿es necesario llamar “milagro” a un efecto psicológico fortuito, del tipo placebo?

– Eso son argumentos psicológicos. Nos dirigimos a la mayoría de la población, para la cual los milagros siempre han sido un elemento capital en sus discusiones sobre la existencia de Dios.

– Dicho de otra forma, nos dirigimos a los tontos, ¿es eso? ¡Su sondeo tiene una nivelación a la baja!

– Hijo mío, si quiere mantenerse en la sutileza y el refinamiento, más vale no recurrir a un referéndum.

– En la simpleza es en lo que me quería mantener. Una encuesta con una sola pregunta, ciertamente extraña, pero honesta: ¿Está a favor o en contra de la existencia de Dios? Nada más. No somos quién para juzgar las pertinencias de los espíritus. La necesidad de Dios es una realidad eterna que nunca ha tenido que ver con la inteligencia.

Después de semanas de discusiones, los subcomisionados, que querían la paz, dieron la razón a Richter.

– Un pequeño detalle aún -añadió este último. Propongo que el voto sea obligatorio.

– ¿A eso llama usted un pequeño detalle? ¡Eso es totalitarismo!

– El voto ya es obligatorio en Bélgica, Luxemburgo, Italia y Grecia y no son países totalitarios.

– Tratándose de esta cuestión, ¿no sería chocante forzar a la gente a votar?

– Tratándose de esta cuestión, ¿no sería chocante que hubiera gente que no votara?

– Resumiendo, ¿quiere forzar a la gente a hacer lo que está bien para ellos? Eso se llama intervencionismo.

– En la cabina tendrán libertad de abstenerse.

Richter amenazó con dimitir si el referéndum no era obligatorio. Los demás estaban tentados con tomarle la palabra, pero la idea de las semanas que habían dedicado a este asunto desanimó a los representantes. Acordaron acceder a lo que él quisiera pero se vengaron hablando mal de él a escondidas. Se fijó el día de la votación para el 24 de agosto de 1995. A pesar de las prohibiciones gubernamentales, hubo una campaña electoral salvaje. Se pudo ver desfilar gente en la calle con pancartas: Sí a la existencia de dios. Sus hijos ostentaban camisetas impresas: Necesito a Dios. Durante este tiempo, los opositores pegaban carteles: ¿Qué hacía Dios el 6 de agosto de 1945? O: No a la existencia de Dios, sí a la existencia del hombre, o incluso: Dios no vota por vosotros, ¿por qué votaríais vosotros por él?

Aquellos a los que llamaron existencistas se declararon llenos de conmiseración por los no existencistas, los cuáles se preocupaban alto y claro por la salud mental de sus enemigos. La Iglesia se ofuscó. Protestantes, católicos, anglicanos y ortodoxos olvidaron los cismas que los separaban para constituir la Línea Ecuménica. Se declaraban horrorizados por que se atrevieran a confiar una cuestión tan importante a los humanos: ¿Cómo la obra podría decidir sobre la existencia de su Creador? Es peor que un sacrilegio, un sin sentido. Además, es una intromisión inaceptable de la política en la religión. Y finalmente, ¿quién tuvo la idea innoble de fijar la fecha de votación el día de San Bartolomeo? Richter refutó punto por punto: Lo que hacemos no es para nada diferente de lo que San Pablo hizo, y no lo habéis excomulgado ¿verdad? Tampoco contaremos las incursiones de la religión en la política: para una vez que se hace al revés, es algo justo. Nos contentamos, por la ocurrencia, de paliar las carencias de la Iglesia que sólo se ocupa de ella misma y ya no satisface a nadie. En cuanto a San Bartolomeo, la elección me parece, al contrario, un símbolo hermoso: que el aniversario de la intolerancia sea lavado por una fecha de conciliación democrática. Añado que el 24 de agosto también es el aniversario de la erupción que engulló a Pompeya en el 79 d.C.: aun así, ningún napolitano ha calificado nuestra elección de cinismo. Por favor, que la Iglesia nos ahorre sus eternos delirios paranoicos. Aprovechamos la ocasión para recordarle que el voto es obligatorio y que no se acordará ninguna derogación.

El 24 de agosto, se abrieron los colegios electorales a las ocho y media de la mañana: era un día laborable y no podían permitir perder un día entero de trabajo a las empresas. Por consiguiente, el escrutinio se realizó al medio día. Por la tarde todos los europeos estaban delante del televisor para conocer el resultado (incluso hubo gente de espíritu fuerte que declaró que Dios estaba sin duda alguna viendo la televisión por primera vez en su vida).

Richter ya no respiraba. Las cifras se inscribieron al mismo instante en la totalidad de pantallas europeas. A pesar de una tasa de abstención récord, el sí fue ampliamente mayoritario. Richter gritaba de alegría, por primera vez pudo confesárselo, no habría soportado la victoria del no. Cayó de rodillas aclamando “Dios Mío, tengo una excelente noticia para Ti, ¡existes! Perdón por la trivialidad de este referéndum. Los caminos que me llevan a Ti son inescrutables y confieso no haber encontrado otros. Pero el medio da igual, ¿no? ¡El fin justifica el resultado, y es sensacional! Contigo como cimiento, los hombres dejarán por fin de odiarse.”

Hacía varias noches que Richter no dormía. Agotado, se acostó y durmió plácidamente. El 25 de agosto, por la mañana se despertó en plena forma.

¡Qué bella es la vida cuando existes! -pensó. Tomó el desayuno mientras escuchaba Jesús mi alegría. Recogió el periódico del buzón. El titular decía: La nueva noche clave, San Bartolomeo. Revelaba miles de muertes en todas las ciudades europeas. Existencistas y no existencistas se habían matado entre ellos hasta el alba. Las fotos atroces ilustraban la masacre. La última frase del editorial decía: Ya tenemos la respuesta al referéndum del Señor Richter: Dios ha votado en contra de la existencia del hombre. Richter fue al baño. Empezó a vomitar. Después se colgó con la manguera de la ducha que soportó sin problemas su ligero peso.

Cuando lo encontraron, ya era demasiado tarde. La comisión del referéndum se reunió una vez más.

– ¿Qué podemos hacer para que esta atrocidad no se vuelva a repetir?

– Haría falta un libro. Un libro fuerte que narre de nuevo cómo se ha desarrollado este asunto. Un libro insostenible.

– ¡Un libro como ese no puede ser escrito por cualquiera!

Los representantes propusieron diversos nombres. Al final se pusieron de acuerdo: sería Amélie Nothomb, escritora belga de veintisiete años, quien ofrecería su pluma a esta noble causa.

La contactaron por teléfono:

– ¿Por qué yo? -contestó sorprendida-.

– Porque es joven y sobretodo vive en Bruselas. Sería emblemático por más de un motivo que sea usted quien cuente esta clase de historia.

– Precisamente por eso. Es una costumbre europea elegir personalidades que no son competentes. Richter ha sido un ejemplo impresionante.

Ella se hizo de rogar un poco hasta que aceptó con la condición de recibir una retribución desorbitante. Los representantes le preguntaron que quién se creía que era y ella se contentó con responder:

– ¿Estáis regateando a Dios?

Y le pagaron acto seguido.

Al día siguiente, Amélie Nothomb desapareció con el dinero. Nunca la han vuelto a ver.

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2 comentarios en “La existencia de Dios

  1. Pingback: Rarezas: El fabuloso destino de Amélie Nothomb | Palabras y otras rarezas

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