Gula

¡Qué calor tengo! Sí, sí, mucho calor. Necesito desnudarme, estoy ardiendo. Tengo fiebre, pero no en la frente, ni en la nuca. Tengo fiebre por todo el cuerpo. Creo que estoy llegando a los cuarenta grados. Podría freír un huevo en mi vientre, hacerlo hervir, y aun así mi piel quedaría límpida, pura, sólo ensuciada por el sudor que sale de mis poros, que ahora se comportan como pequeños crematorios.

Desnudarme no me ha aliviado. Al contrario, me ha hecho sentir aún más calor. No lo entiendo, mis pezones desprenden vapor. Son malva, o bermellón. Pero tocarlos no me provoca dolor. Una ducha de agua fría podrá estabilizar esta temperatura. No, tampoco funciona, la ósmosis entre mi epidermis y esa agua ha sido dolorosa, pero sigue el calor. Me alivio con un hielo, empiezo a rozarlo por mi sien, bajo por los labios, lo restriego por las orejas enrojecidas. No, no da resultado. Ahora sí desprendo vapor, literalmente. El hielo se ha derretido. Pero tengo más. Muchos más. Me gusta el contraste que crea. Me eriza la piel. Duele. Duele y a la vez me alivia, pero el calor sigue aumentando. Otro cubito de hielo se derrite en mi pecho. Sienta bien. Necesito seguir enfriando mi cuerpo. Mis manos se mueven solas, pero el suelo está frío. Me tiro en él, sin ropa, sin nada más que la humedad que ha dejado la ducha fallida y los placenteros hielos.

Ahora mis manos se mueven solas, no sé quién las controla, pero no soy yo. Creo que es mi cuerpo, que ha decidido sobreponerse a mi pensamiento. Una sujeta otro hielo, no importa, hay más. La otra acaricia las zonas entumecidas por el antagonismo térmico. He llegado al ombligo. Me pide hielo, pero no quiero dárselo, es mi mano derecha la que se lo proporciona, es mi mano izquierda la que lo alivia.

Se incrementa la temperatura. Ahora está focalizada en un punto exacto. Me da miedo poner el hielo, me aterra pasar un hielo ahí. Pero a mi mano le da igual, lo acaricia con él, la otra ha tomado el papel de salvadora, de redentora, cuyo único sentido de existencia es la de apaciguar este ardor. Ya no queda hielo en mi mano, pero los dedos están fríos, casi congelados, de hecho, no los siento. Introduzco uno en mi cuerpo, mientras la otra mano sigue acariciándome la misma zona. No quiere detenerse. Creo que mi mente y mi deseo tampoco quieren que se detenga. Ahora nadie controla a nadie, y todo se controla a sí mismo, con el único objetivo de mitigar el calor.

Mis manos se han vuelto hielo. Una se hace hueco por entre mi cuerpo, perforando cada vez más. ¡Qué fríos mis dedos, y qué agradecido mi cuerpo! Se abre para dejarlos entrar, sin dolor, sin resistencia. La izquierda no para de acariciar. Ya no sé distinguir entre caricia o agresión. Pero la agresión parece templarme. Mi corazón se acelera. Noto mi cuerpo bombeando sangre a una velocidad ostensible. La temperatura no baja, pero ya no me molesta, me gusta, me encanta. Mi cuerpo esta inflado de sangre, mis pezones ahora son rojos, y la velocidad de todo va en aumento. Sí, creo que estoy consiguiéndolo. Creo que voy a reventar, y que esa explosión va a ser todo lo que hará que calme la fiebre. Sí. Voy a estallar, la puerta por la que circulan mis dedos está cada vez más relajada. La mano agresora aprieta con más fuerza y siento la necesidad de respirar y jadear y gritar. No es dolor, pero esos chillidos inyectan aire fresco… Un poco más. ¿Estoy muriendo? No, me estoy suicidando. Ya no veo. Ya no oigo. Todo está negro y mi cuerpo está convulsionando. No puedo pararlo. La electricidad lo está inundando por completo. Sea el cielo o el infierno, no quiero salir de aquí. Mis manos se resienten. Me gritan que están cansadas, ya no quieren seguir. Ahora es mi cerebro el que no las deja parar. Sin hielo, sin nada más que sus propios huesos y sus propios músculos.

Las obligo a seguir, ya van cuatro dedos dentro, no puedo introducir más, pero lo haría porque sigue habiendo hueco. La otra siente calambres, pero tengo que mostrar autoridad. La obligo a arañar, a maltratar, a pellizcar, a agitar.

¡Sí! He vuelto en sí. Vuelvo a ver, y a oír. Ha desaparecido el calor y quedan sus restos. Anabolitos líquidos que han ensuciado todo el suelo.

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5 comentarios en “Gula

  1. Pero Víctor, me tienes alucinando aquí! Me gusta cómo escribes. Las dos historias que he leído me han puesto la piel de gallina; no leo mucho, pero lo poco que leo no me hace eso, así que SIGUE DEDICÁNDOTE A ESTO. Un abrazo y cúidate.Y ya tienes aquí otra fan de tu blog 😉

  2. Impresionante, que imajinacion que manera de describir el sentimiento de un ser en su agonia mas intima creo que nunca deberias de dejar de escribir y que esto lo tendria que disfrutar la gente. EN MAYUSCULAS TE DIGO NUNCA DEJES DE IMAJINAR LO INIMAJINABLE. Me encanta Victor mi mas sincera enorabuena

  3. Siguiendo tu consejo de que me leyera este texto, me he pasado por aquí a ver de qué iba. Y sí; realmente me ha encantado. Fluye con mucha naturalidad cada gesto, acción o pensamiento; no se fuerza a que siga una dirección u otra, casi como si lo hubieras escrito de un tirón a la par que lo pensabas. Esto ha sido de diez.
    ¡Felicidades!

    • Jaja, la verdad es que sí que lo escribí de un tirón; después retoqué cositas pero para poder transmitir la idea del orgasmo tuve que imaginarlo tanto que casi lo siento físicamente, espero haber hecho que la gente sienta aunque sea un poquito de esta sensación. Mil gracias por pasar!

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